Ganarse el último puesto

El pasado fin de semana se celebró la Maratón Alpina de Madrid y en ella participó un buen amigo, profesor de Educación Física. No era la primera vez que lo hacía. Dos años atrás debutó con un tiempo nada desdeñable de siete horas y veinte minutos. Cabe añadir que nunca antes había corrido esa distancia. Podríamos decir, por tanto, que tuvo el doble de mérito. Las condiciones climatológicas acompañaban: cielo cubierto, temperatura fresca por la mañana y suave a mediodía. Varios amigos se turnaron para acompañarle en distintos tramos. Llegó en muy buena forma física. Pero esta vez todo ha sido diferente.

Las cosas nunca salen como las planeamos. Eso es algo que todo el mundo debería saber. David -así se llama- ha alcanzado el cenit de su forma física en este último año. Ha ido batiendo sus marcas carrera tras carrera y en diversas distancias. Tan buen estado era el suyo que a menudo ha quedado entre los veinte primeros puestos y muy cerca del podio en su categoría un par de veces. En nuestro círculo de amigos le llamamos cariñosamente «el keniata blanco» o «el etíope desteñido», haciendo referencia a la supremacía que ambos países mantienen en esta disciplina. Todo apuntaba a que también batiría su marca anterior en esta carrera, pero hace algunas semanas se presentaron un par de pequeñas lesiones que le obligaron a reducir el ritmo de sus entrenamientos. La semana pasada un virus gastrointestinal lo mantuvo en el dique seco tras su última tirada larga. Ya no se podía hacer más: la suerte estaba echada.

Según sus propias palabras fue la carrera más difícil de toda su vida. Llegó debilitado por la semana de convalecencia. Mucha gente duerme mal la noche antes de una carrera importante y, según parece, esta vez le tocó. Corrió con dolor de estómago durante la práctica totalidad del recorrido. A su segundo paso por Cotos tenía una cara de sufrimiento tal que su infatigable amigo Jaime decidió acompañarle. Estuvo a su lado veinte kilómetros para que tampoco la soledad le doblegase. Yo le esperé en lo alto de Navacerrada, como un vigía para su angustiada familia. Cuando llegó a mi posición, casi no me reconocía de puro cansancio. Descendí con él hasta el aparcamiento y las piernas no le respondían. Lo animé para que, al menos, llegase junto a ellos. Una vez allí, los besó y, a pesar de todo, decidió terminar. Y lo hizo: a un minuto de que detuvieran el cronómetro.

En este mundillo siempre decimos que es más importante terminar que hacerlo el primero, pero suena a tópico cuando la repetimos. Así que merece la pena dedicarle un poco de esfuerzo a reflexionar sobre la cuestión, y la gesta de David me viene que ni pintada para hacerlo. Porque esta afirmación suele considerarse sinónima de “lo importante es participar” y lo es, pero no completamente. Se trata de la acepción que manejamos siempre los corredores populares para recordar que jamás tocaremos podio. Sin embargo, cualquier runner aficionado se esfuerza en cada carrera como alma que lleva el diablo. Y aquí es donde debemos recalar para definir el sentido que falta. Podríamos definirlo con las máximas délficas: “conócete a ti mismo” y “nada en exceso”.

Tal vez este no parezca un contexto propicio para hacer filosofía. De hecho, llegados a este punto, me parece estar escuchando a David diciéndome “se te va, compañero”. Pero nada más lejos de la realidad. Aunque el precepto de Apolo tenga una gran profundidad, eso no implica que no podamos recalar con nuestra reflexión mucho antes de llegar al fondo. Y, pese a parecer antigua, se trata de una regla que goza de excelente salud en la actualidad. Dejad que me explique un poco mejor.

Para que no cunda el pánico, voy a citar como fuente para mi argumentación a nuestro más ilustre ultramaratoniano: Kilian Jornet. Él siempre habla de la importancia de conocerse a uno mismo en carreras de montaña. Para él eso incluye sobre todo dos cosas: saber cuáles son los propios límites y tener muy claros cuántos riesgos está uno dispuesto a asumir. Y, como se puede comprobar, estas dos afirmaciones se corresponden respectivamente con el segundo sentido que antes apuntaba. El conocimiento de uno mismo tiene por tanto dos sentidos: uno kinestésico, relativo a la inteligencia corporal y otro introspectivo, vinculado a la inteligencia intrapersonal.

Hay otra frase muy manida por parte de los corredores populares, que es esa de “yo corro por sensaciones”. Con ella nos quieren indicar que no usan dispositivos digitales (reloj o móvil) para controlar el ritmo, la distancia, el tiempo o la frecuencia cardiaca. Sin entrar en el caso de los minimalistas, que abogan por la máxima simplicidad a la hora de correr, la gente por lo común la emplea para significar que no necesita medir ninguna de esas variables. Se fían de las voces del cuerpo. En este sentido, se corra apoyado por medios técnicos o no, me parece de vital importancia que prestemos atención a nuestras sensaciones cuando corremos y nos fiemos de ellas. No solo podemos prevenir lesiones de esta manera, sino también males mayores. Porque esto del running se ha extendido como la pólvora entre la población de mediana edad y está muy bien que practiquemos deporte para mejorar nuestra salud, pero atentos a ciertos dolores o molestias que pueden ser alarmas. No tanto como el titular de un artículo -suscrito por médicos, que no científico- que leí hace poco: “Estamos enterrando runners todas las semanas”. Más allá del sensacionalismo mediático, suscribo la cautela que pretenden infundir, porque hay mucha lumbrera suelta que corre haciendo caso omiso de los avisos que su cuerpo le da. ¿Quién no ha visto en una carrera a alguien atendido por el SAMUR porque le ha dado un jamacuco? Me parece como mínimo recomendable que los corredores novatos de mediana edad usen un monitor de frecuencia cardiaca. Al menos hasta que aprendan a observarse y tengan buena conciencia de sus respuestas ante distintos niveles de esfuerzo. Así pues, entrenando la inteligencia corporal se pueden evitar desgracias.

Por otra parte ya hemos dicho que el aspecto introspectivo está relacionado con los riesgos que uno asume. En carreras de montaña esto tiene que ver también con las rutas que uno escoge, más o menos escarpadas (técnicas, según el eufemismo al uso para disimular los peligros que se han afrontado). Pero ahora nos interesa relacionarlo con la sabiduría cinestésica de la que acabamos de hablar y, en consecuencia, me refiero a la necesidad de conocer bien las propias limitaciones y aceptarlas. Si no las respetamos, estamos asumiendo demasiados riesgos que pagaremos con nuestra salud más o menos caros. Eso cuando el problema no es otro, porque ¿quién no ha experimentado ese subidón  que da la adrenalina cuando terminas una carrera a un ritmo ligeramente superior al que deberías o aguantando esa pequeña molestia en una rodilla? Es una sensación agradable, aunque peligrosamente adictiva: algunos se hacen yonquis de ella olvidando que está relacionada con el miedo, esa emoción básica que nos mantiene vivos. Mejor no hagamos  excesos y enganchémonos a las también seductoras endorfinas, que nos prometen un cuelgue igual de feliz, pero más seguro.

De esta manera ya hemos visto cuánto hay en el fondo del tópico “lo importante es participar” y que podríamos resumir con una sentencia de estilo sanchopancesco: “es mejor seguir corriendo, que no rodar y morir en el intento”. Estoy seguro de que David ya lo ha aprendido después de que le hayamos regañado todos los que le queremos por arriesgarse tanto como lo hizo. Pero obsérvese que he pasado de puntillas por encima de su sentido más obvio sin decir nada. No porque de puro trivial carezca de algo que aportarnos, sino lo contrario. Esa afirmación aparentemente superflua esconde una verdad importante y por eso mismo la he dejado para el final.

Se trata de un descubrimiento que hice de la manera más tonta: subiendo las escaleras con mis hijos. Últimamente el menor está obsesionado con terminar el primero, haga lo que haga: comer, vestirse, correr o llegar a la puerta de casa, como en ese momento se trataba. La mayor y yo le adelantamos, él quedó a la zaga. Ya en el rellano se enfadó y, en vez de decirle lo de siempre (“lo importante es participar”), respondí: “No te enfades, hombre. ¡Si has ganado el último puesto!”. Entonces, ya dentro de casa, le conté la historia de aquella vez que Papá se ganó el último puesto.

“Cuando tú eras un bebé, papá había quedado con sus amigos David y Juan para participar en una carrera en un sitio que se llama Canillejas. Ese día llovió mucho, así que Juan y tu padre llegaron tarde para recoger a David. Luego los tres llegamos tan tarde a la meta que la carrera ya había empezado y casi no podemos participar, porque estaban quitando la salida. Los amigos de papá corren mucho, así que se quedó el último casi todo el tiempo. Papá se podía haber rendido en cualquier momento, porque estaba empapado y muy cansado desde el principio, pero no lo hice. Por eso al terminar me puse muy contento. Ese día aprendí una cosa importantísima: los últimos puestos también se ganan; aunque no adelantes a nadie o solo a unos pocos, siempre habrás llegado más lejos que aquellos que ni siquiera lo intentan.”

Pues bien, ahora mi hijo no siente que ha perdido, sino que ha ganado algo. Ya tendrá ocasión de entenderlo mejor cuando sea mayor. Pero me diréis, con cierta razón, ¿y esto qué relación tiene con lo demás? Es muy simple: David sí que ganó literalmente el último puesto y con su experiencia he aprendido que, si hubiera abandonado, tampoco habría perdido. Hace falta muchísima determinación para correr una carrera así. Sin embargo, también es necesaria una gran lucidez para abandonarla cuando el cuerpo no puede más, porque incluso llegar el último puede ser un exceso. Así que, no lo olvidéis nunca: es estupendo ganarse el último puesto, pero lo importante es participar. 

by-nc-nd.eu

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