El clásico “Correr es de cobardes”

Obsérvese la siguiente muestra:

– ¿Qué necesidad tienes de correr?

– Pues hombre…

– Ninguna, ya te lo digo yo. Correr es de cobardes.

– Eso dicen.

– Además: tanto deporte no puede ser bueno.

– Quizá.

– Y ya tienes una edad…

Muchos corredores habrán participado en conversaciones como esta, seguro. El clásico cuñado o ese mítico compañero de trabajo sabelotodo que pontifican acerca del correr o cualquier otra cosa. Te hablan con ese tono entre paternal y condescendiente, como si no tuvieras la más remota idea de lo que estás haciendo. No importa que tú lleves años corriendo, haciendo paellas o lo que sea sobre lo que esté opinando. Menos mal que están ellos para enseñarnos el sentido de la vida con su jerga de la autenticidad de tres al cuarto. Pero claro, si soportas correr con más o menos sufrimiento cinco, diez, veintiuno o cuarenta y dos kilómetros, ¿cómo no vas a soportar esos minutos la estupidez de un prójimo? Así entrenas la resiliencia, te dices, que es muy importante en las carreras de fondo. Porque tú sabes cómo debía haber sido la conversación:

– ¿Qué necesidad tienes de correr?

– Pues se trata de un hábito saludable cuya realización comporta en sí mismo una recompensa a causa de la producción de endorfinas, por lo que no precisa de ningún refuerzo adicional para perpetuarse desde un punto de vista conductual. Dicho de otro modo, al tratarse de una actividad satisfactoria que implica sensación de bienestar, uno la prefiere a cualesquiera otras que ofrecen una perspectiva de recompensa menos probable o menor.    

– Ninguna, ya te lo digo yo. Correr es de cobardes.

– Seguramente esa observación tenga su fundamento en la idea de que la plataforma de acción, es decir, el resultado vinculado a la emoción básica del miedo, sea el impulso de huir. Es obvio, sin embargo, que no corremos ante la presencia de una amenaza y eso no significa que sea una acción fútil. Es un fin en sí misma, tal como te acabo de explicar, y es probable que se perpetúe porque está vinculada a otras emociones básicas como la seguridad o la alegría. Por otra parte cabe añadir que hace falta ser osado para salir a correr con 2ºC o cayendo chuzos de punta. Para no hablar de que es necesario hacer acopio de mucho valor para salir un día de tu zona de confort, calzarte unas zapatillas, unas mallas y ponerte a correr con el firme propósito de mejorar tu salud. En definitiva, discrepo totalmente: correr demuestra y forja el carácter.

– Además: tanto deporte no puede ser bueno.

– Todo lo contrario: numerosos estudios demuestran, por un lado, la necesidad de llevar a cabo una cantidad mínima diaria de ejercicio aeróbico moderado. Por otro lado, cualquier deporte que se practique con las precauciones de un calentamiento, unos estiramientos, dietas, etc… Prevendrá lesiones y será cardiosaludable siempre que no se incurra en sobreentrenamiento. 

– Y ya tienes una edad…

– Insisto una vez más en que la práctica de ejercicio está relacionada con la longevidad, de acuerdo con muchas investigaciones. No es, por tanto, que llegue un momento en la vida en que deba abandonar la práctica de un deporte sino más bien que no debemos dejar de hacerlo en toda nuestra vida si queremos que sea larga y con menos achaques.

Interesante batería de argumentos que jamás esgrimimos. ¿Por qué? Fácil, basta observar que las respuestas de nuestro cuñado o de ese compañero del trabajo son invariablemente las mismas. Eso se debe a que, en calidad de poseedores de la verdad absoluta, no escuchan a los demás y mucho menos a ti que, además, no tienes ni idea de lo que haces. ¿Para qué vas a discutir con él? Pues eso, te lo ahorras, como el cambiar de marca de zapatillas cuando una te va bien. De eso sí que no hay ninguna necesidad, ¿ves? Porque lo que en realidad te apetece es contestar de otro modo:

– ¿Qué necesidad tienes de correr?

– Pues hombre, para estar bien lejos de la gente como tú que opina sin tener ni idea de lo que está hablando…

– Ninguna, ya te lo digo yo. Correr es de cobardes.

– Eso lo dices porque es el único supuesto por el que tú correrías, para huir.

– Además: tanto deporte no puede ser bueno.

– Quizá, aunque apuesto a que es mucho peor pesar dos toneladas y no moverte como haces tú.

– Y ya tienes una edad…

– Lo que te revienta es estar tan cascado como lo estás siendo yo mayor que tú.

Sin embargo, tampoco respondemos así. Fingimos que les escuchamos con una sonrisa amable, aun sabiendo que lo interpretarán como un signo de aprobación a lo que dicen y reforzará su frágil ego, que tanto necesita ser apuntalado. Pensamos en nuestras cosas: en la ruta que haremos en el siguiente entrenamiento, calculamos el ritmo de carrera, pensamos en la equipación que usaremos en la carrera del domingo, etc… Huimos primero mentalmente y luego, tan pronto como podemos escapar de dondequiera que hayamos sido acorralados, salimos corriendo.

De todas maneras, hemos de reconocer que es una buena pregunta, bromas aparte:  

¿Qué necesidad tenemos de correr?

Porque, la verdad sea dicha, que es una necesidad.

Desde que comencé a correr hace seis años, siempre lo he tenido claro. Al principio pensaba que era solo por motivos de salud: el sobrepreso, la tensión arterial, el estrés y demás cosas que mejoran con bastante rapidez si uno es constante. Después de los primeros años creí que era porque daba sentido a gran parte de mi ocio. Puede sonar contradictorio pero, en medio de una vida llena de responsabilidades laborales y familiares, la rutina de entrenamiento me obligaba a disfrutar de una parcela de tiempo libre tres o cuatro veces por semana. La combinación de ambas razones convirtieron el correr en algo sagrado. Se atavía uno con la casulla para la liturgia, lleva a cabo la acción con fervor ritual, se purga uno de los pecadillos acumulados en la jornada, toma las consabidas (y consagradas) isotónicas y al final uno hasta se siente liberado de los malos rollos de la vida cotidiana.

Ahora llevo doce largos meses sin correr. Hoy hace justo un año que dejé de hacerlo. Dos hernias de disco me lo impiden y tal vez para siempre. Sin embargo este tiempo me ha proporcionado nueva luz a esa vieja certeza de que correr es una necesidad. No solo se trata de que he ganado el peso que había perdido y de que mi tensión empieza a no ser tan buena como llegó a serlo. Tampoco he dejado de disponer de mis tiempos de ocio, pues trato de mantenerlos llenos de otras aficiones con idéntico tesón. Ni echo en falta la pátina que la práctica religiosa le confiere a los hábitos. En definitiva, no es que me haya dejado un hueco e intente llenarlo con otras cosas. Es mucho más que eso.

Correr me permitía disfrutar de la vida de una manera particularmente intensa. De un modo que ningún otro deporte me ha dado. En casi todas las carreras o sesiones de entrenamiento experimentaba una especie de éxtasis por el placer de estar vivo. El de sentir cómo el aire pasa por la nariz e inunda tus pulmones, o cómo acaricia la garganta cuando lo exhalas. Sentir el latido del corazón en tu pecho, rítmico, fuerte, empujando la sangre por cada milímetro de tu cuerpo. La tensión de los músculos acentuada por el viento frío en invierno.

No es mera satisfacción por escuchar las voces del cuerpo y darle lo que pide. Para quienes tenemos nuestras necesidades básicas cubiertas con holgura, es un placer sentirlas como tales. Beber con auténtica sed y comer con hambre voraz, no por gula. Dormir con los miembros cansados por el ejercicio físico, no por el agotamiento de la jornada laboral.

Se siente uno sinceramente agradecido de vivir y tener cuanto se necesita, aunque eso no
quiere decir que no haya otras cosas capaces de proporcionar una gratitud similar. Esa
es la cuestión: parecida, pero no igual. Ninguna otra es tan simple, sencilla, directa y desprovista de artificio por mucho que nos carguemos de ropa técnica o zapatillas último modelo.

A pesar de esa simplicidad, estoy convencido de que estas sensaciones se veían acentuadas por razones estéticas. Adoro correr bajo el manto estelado de la noche cerrada en invierno. Correr sin camiseta al amanecer durante el verano, junto a la playa y, al terminar en la orilla, nadar en mar abierto. Correr sobre una alfombra de hojas al atardecer en otoño. Correr junto a los almendros en flor en primavera, con el sol de mediodía calentando tu cara, dibujándote una sonrisa.

Y, además, correr produce efectos profundos en el modo en que percibimos nuestro entorno. Cambia tu percepción del tiempo, el interno, no el del reloj que tanto miramos para comprobar nuestro ritmo de carrera. El tiempo se dilata para quien sabe aprovecharlo bien, como dice Séneca. Pero también disfrutamos más del paso de las estaciones, sobre todo quienes vivimos en la ciudad, porque acabamos buscando el campo o solo por el hecho de que estamos siempre a la intemperie. Transforma, asimismo, tu percepción de los espacios o, más bien, de las distancias. Cualquier lugar al que uno podría llegar corriendo está invariablemente cerca. Se convierte en una forma de apropiarte de los lugares que conoces y de los que quieres conocer.

Así pues, ¿por qué necesito correr? Por algo que aprendí hace dos años, tras sufrir un accidente en una carrera de montaña. Llevaba dos kilómetros de descenso, encarando el último tramo de carrera. Ya había superado una sección bastante técnica, con mucha arenilla y ramas salientes. Llegué a una trialera con piedras de tamaño muy desigual e incluso fragmentos de pizarra. Al verla disminuí el ritmo, redoblé la atención puesta en mis movimientos, en mi equilibrio. Quizá no frené bastante. Tal vez la conciencia de mi cuerpo no era plena. Había en aquel pedregal, súbitamente empinado de más, demasiadas cantos para decidir en un instante cuál pisar con seguridad. Y elegí mal. La piedra cedió con el peso y mi cuerpo, aún estando de medio lado, se fue por inercia hacia delante. Caí de cabeza. Me dicen que incluso di una vuelta de campana. No lo recuerdo. Solo la bocanada de aire que cogí antes y mi cara contra el suelo después. Sucedió tan deprisa que en mi mente son dos sucesos contiguos. Me puse de rodillas en seguida. Dije “vaya” y entonces comencé a chorrear sangre. Los corredores que venían detrás me ayudaron de inmediato. Tenía tres brechas y un boquete en la rodilla del tamaño de un pulgar. Aunque no estaba mareado, me resultaba imposible andar. Estaba lúcido, orientado, tranquilo. Miré hacia donde había tenido lugar el tropiezo. Comprendí: cualquiera de las rocas grandes pudieron partirme el cuello. Medio metro a la derecha y me habría precipitado ladera abajo; de hecho, todavía me amenazaba el riesgo de la conmoción, por lo que me decían los bomberos, que decidieron sacarme en helicóptero con urgencia de allí.

Confieso que el aire nunca me ha parecido tan puro como en ese momento. Así que, ahí mismo, me tatué a fuego en el alma una verdad que ya sabía: toda nuestra existencia se puede ir al traste en un instante. Luego has de disfrutar el presente y apurarlo, porque es un regalo que nunca sabes cuándo te va a faltar. Hay que disfrutar plenamente de la vida. Y la mejor forma que conozco de dilatar el tiempo, hacer que el mundo sea un poco menos insípido, más cercano y de que me reconozcan los elementos cuando me encuentren… es correr.

by-nc-nd.eu

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