Consideraciones sobre la fotografía

Mientras redactaba la entrada anterior se me planteó una inquietud que también me apetecía trasladar a mi amado público. Originalmente la escribí justo a continuación de las Confesiones de un diletante, como un apéndice que se desarrollaba a partir de unas reflexiones de índole personal, al estilo de Montaigne. Sin embargo su extensión acabó siendo mucho mayor que la disertación ocasional y, en realidad, su propósito era demasiado distinto como para que fuesen juntas. De hecho es probable que, si las hubiera ofrecido unidas, el tono de estas Consideraciones sobre la fotografía se habría visto considerablemente mermado. Así que, en definitiva, le concedí la necesaria independencia para que esta entrada tuviese personalidad propia, aunque siga teniendo un punto de apoyo en la anterior.

Por tanto, el espíritu que anima estas líneas es el del ensayo, pues no es otra cosa que un intento por elucidar una cuestión. Sólo deseo reflexionar sobre una sospecha o intuición con respecto a un determinado estado de cosas vinculado al mundo de la fotografía. Por otra parte, como es bien conocida mi legendaria incapacidad para otorgar título a un escrito, no resultará extraño que deba empezar por hacer mis consabidas -y pesadas- precisiones sobre el paratexto precedente. En esta ocasión he decidido llevar a cabo la parafernalia preliminar de la forma más liviana posible y, con ese propósito, elegí empezar por un asunto anecdótico.

Puesto que las Confesiones de un diletante estaban concebidas originalmente para conducir a esta reflexión, es inevitable que ahora me refiera a los detalles que subrepticiamente la introducían. Me refiero, ya sin más rodeos, al relato de cómo evolucionó mi relación personal con la fotografía. Un somero examen de esa historia pone inmediatamente de manifiesto una evolución técnica y un cambio en mi relación con la fotografía vinculado a ella: de las viejas cámaras réflex a las increíbles réflex digitales de hoy en día, de la dedicación a la desidia. Lo personal siempre es incidental y las anécdotas son ejemplares cuando son representativas o modélicas. En otras palabras, a nadie le importa que ahora sólo sea un triste fotógrafo aficionado, pero importa subrayar que el desarrollo tecnológico de las cámaras ha modificado profundamente nuestra relación con la fotografía. No estoy descubriendo América, desde luego, pero ese hecho constituye el punto de partida a partir del cual iniciaremos nuestra reflexión.

La idea que pretendo perseguir en este ensayo -y, a ser posible, darle caza- es la de que hay un sector que se ha visto particularmente afectado por esa transformación técnica, a saber, una clase subespecial de fotógrafo artesano: el reportero gráfico de eventos. Así pues, comenzaré por perfilar la figura que protagoniza esta reflexión, para después analizar cómo y por qué está  en peligro de extinción dicha variedad específica de fotógrafos.

A riesgo de abusar de su paciencia, me referiré por última vez (se lo prometo) a las Confesiones de un diletante. Basta un rápido vistazo a sus líneas para evidenciar que en ellas contemplé casi toda la gama de fotógrafos: desde el profesional hasta el turista impertinente. Pero me dejé una categoría en el tintero, mas no por descuido, sino porque merece considerarse aparte: la del fotógrafo artesano. A este grupo pertenecen, desde el fotógrafo periodístico que acompaña con sus instantáneas artículos, columnas y noticias; también el que trabaja con modelos; pasando por el freelance que ocasionalmente puede ubicarse en cualquiera de estas subespecies; hasta, para finalizar, el obrero de la cámara que tradicionalmente se ha ganado la vida en las BBC’s (bodas, bautizos, comuniones) y retratando grupos en convenciones, para orlas, etc… Este es nuestro protagonista, el que antes denominé reportero gráfico de eventos.

Las causas de su paulatina desaparición no son coyunturales ni mucho menos, aunque sí es probable que la actual situación económica haya precipitado la ruina de muchos de ellos y, por tanto, el abandono de su profesión. De hecho las causas son estructurales en la medida que están vinculadas al desarrollo tecnológico. Las máquinas se han ido haciendo cada vez más compactas y su manejo cada vez más simple e intuitivo; su producción se ha abaratado haciéndolas, por tanto, accesibles a un amplísimo espectro de consumidores o usuarios. El revelado era un proceso que estaba al alcance sólo de profesionales y artesanos, pero el auge de comercios que disponen de centros de revelado automático ha acompañado de la mano al creciente volumen de cámaras existentes en el mercado, posibilitando así la inserción de estos instrumentos como un elemento más de nuestra vida cotidiana. Incluso han proliferado en la red los últimos años numerosas páginas con software que permite el diseño on line de álbumes fotográficos; y para colmo de comodidades luego, impresos con calidad digital, te los envían a tu domicilio.

En definitiva, se han puesto a disposición de la población una serie de recursos que, en principio, permitirían al usuario prescindir de los servicios de los obreros especializados que son los reporteros gráficos de eventos. Pero este proceso de democratización o universalización conduce a una falacia con respecto al uso de todos estos medios: su versatilidad no constituye garantía alguna sobre el resultado, obviamente. El común de los mortales e incluso muchos aficionados carecen de una habilidad que caracteriza a estos profesionales como gremio. Dejando de lado la formación teórica que puedan tener, específica en cada caso, los fotógrafos artesanos tienen en común la habilidad de encontrar la imagen adecuada para el texto o que suele agradar a los clientes. Digamos pues que su mirada ha adquirido una cierta destreza por la práctica y ésta, convertida en costumbre, constituye una segunda naturaleza para ellos. Acumulan con el tiempo un acerbo de trucos que les garantizan toques de calidad, es decir, matices que aproximan su trabajo al del artista por la técnica empleada e incluso por el resultado en gran medida. Sin embargo, sus fotografías repiten los mismos recursos como el obrero realiza las mismas maniobras para realizar una pieza en una cadena de montaje. Puede que haya una intención estética, pero no más allá de lo exigido por el encargo. Además, junto a su hábil mirada, desarrollan un pulso firme y unos dedos ágiles que les permiten acometer su tarea sin vacilar.

Estoy convencido de cuál es la impresión que dan las líneas precedentes. Parecerá que estoy menospreciando su labor con objeto de elogiar la grandeza del genio artístico o cualesquiera otros trasnochados argumentos románticos similares. También puede parecer que voy a emprender una interpretación marxista del asunto, dada la jerga que he escogido para mi análisis. Para colmo de despiste, puede leerse entre líneas un medio velado aristotelismo en cierto momento de la argumentación. En definitiva, para cualquier pretensión sistemática, un galimatías de perspectivas o maraña de contradicciones. Yo prefiero llamarlo eclecticismo, como corresponde a quien ensaya sus respuestas en vez de tratar de pontificar con sus opiniones. Pero, volviendo sobre el asunto, adonde quiero llegar es justo al lado opuesto, esto es, al reconocimiento del trabajo realizado por estos profesionales. Se ignora a los reporteros gráficos de eventos porque los artistas acaparan para sí todos los elogios a causa del culto al genio artístico heredado del romanticismo. Si el gremio de los fotógrafos artesanos tiene algo que denunciar, son los reporteros periodísticos o los de agencias de modelos quienes disponen de los mass media para reivindicarse, no el humilde fotógrafo de estudio que desaparece lentamente y en silencio sin que apenas nadie repare en él –aunque pueda tener las mismas habilidades. Por último, de todos estos artesanos sólo los de las BBC’s padecen el intrusismo profesional que se deriva de la creciente disponibilidad de recursos fotográficos por parte de la población.

La facilidad con la que se manejan las modernas cámaras ha animado a mucha gente (junto con otros condicionantes económicos que después analizaremos) a prescindir de los servicios de estos profesionales. Algunos incluso se han puesto a trabajar como reporteros gráficos de eventos aun desconociendo todos los rudimentos básicos del oficio.  Pero es necesario insistir en la falacia anteriormente indicada: la versatilidad de estos instrumentos no constituye garantía alguna sobre el resultado. Por muy bienintencionada o amorosa que sea la labor que un cuñado, primo o hermano, su buena voluntad no asegura que las fotografías de la boda, el bautizo o la comunión vayan a tener ese estándar de calidad mínimo que un trabajador de la cámara les procura. Es ilusorio suponer que el sencillo manejo de las cámaras digitales ha simplificado las cosas hasta el punto de bastar con hacer click, ilusión se hace patente con mucha mayor claridad si trazamos un sencillo paralelismo: por muy baratas que sean las llaves inglesas y los aperos de fontanería, la mayor parte de la gente no se atreve a hacer ni las más elementales reparaciones en casa. Bueno, nuestro país constituye una notable salvedad a esta regla, porque todo el mundo sabe de todo. En otras palabras, no es un problema específico de este gremio sino que también lo padecen otros profesionales, como los novelistas. Por el mero hecho de ser un hablante competente del propio idioma, saber escribir (me refiero al conocimiento de las normas elementales de ortografía y gramática, no al talento literario) y haber contado alguna vez una historia, con eso no basta para escribir una novela; ni siquiera si te ganas la vida escribiendo, es decir, como periodista o algo similar. Sobre esta misma idea encontré el otro día un interesante texto en El mal de Montano de Enrique Vila-Matas [Ed. Anagrama (Barcelona)2002]:

“La literatura, me dije, está siendo acosada, como nunca lo había sido hasta ahora, por el mal de Montano, que es una peligrosa enfermedad de mapa geográfico bastante complejo, pues está compuesto de las más diversas y variadas provincias o zonas maléficas; una de ellas, la más visible y tal vez la más poblada y, en cualquier caso, la más mundana y necia, acosa a la literatura desde los días en que escribir novelas se convirtió en el deporte favorito de un número casi infinito de personas; difícilmente un diletante se pone a construir edificios o, de buenas a primeras, fabrica bicicletas sin haber adquirido una competencia específica; sucede, por el contrario, que todo el mundo, exactamente todo el mundo, se siente capaz de escribir una novela sin haber aprendido nunca ni siquiera los instrumentos más rudimentarios del oficio, y sucede también que el vertiginoso aumento de estos escribientes ha terminado por perjudicar gravemente a los lectores, sumidos hoy en día en una notable confusión”. [pp. 64-65]

Bien es cierto que la analogía no es completa, pues el orden de las consecuencias derivadas de una mala praxis u otra es totalmente distinto, claro está. Los perjuicios o incomodidades que se siguen de la cañería rota nada tienen que ver con una fotografía borrosa o el inefable malestar que producen algunos best sellers. Algún defensor entusiasta de las nuevas tecnologías podría argüir que también hay sofware que permite retocar las fotos. Pero nos veríamos obligados a recordarle que, como en el caso anterior, tales menesteres también son cosa de  profesionales. Puesto que el mundo está tan saturado por la estupidez humana, no está de más añadir que el photosop no puede hacer que una fotografía borrosa se vuelva nítida o eliminar un elemento para que se vea lo que hay detrás. Sea como fuere, el hecho es que sólo un profesional puede realizar el trabajo de un profesional.

El condicionante económico al que antes me refería lo constituyen las elevadas tasas que es preciso pagarles en caso de que uno mismo quisiera hacer el reportaje. A menudo resulta más costoso hacerlo uno mismo que encargárselo al fotógrafo de la parroquia o del salón de bodas. Con esta estrategia comercial tan sencilla como ruin, uno está casi obligado a contratar sus servicios si tiene intención de ahorrar algún dinero en la organización de estos eventos, ya de por sí muy caros. Hay además otro procedimiento no menos censurable, al parecer bastante extendido el sector. No es necesario ser Proust para saber que confinamos simbólicamente nuestros recuerdos en determinados objetos a través de los cuales luego desplegamos las alas de la memoria. En gran medida las fotografías son sólo un caso particular de esta regla, con el aliciente de que son imágenes y, por tanto, facilitan el trabajo de nuestra frágil capacidad para recordar. Pues bien, según parece  algunos de estos fotógrafos efectúan la entrega del reportaje en tu casa el día después de la boda, cuando uno está aún completamente fuera de juego como para tomar cualquier decisión de forma racional: para hacer un cierto chantaje emocional que les garantiza la compra. Pero la trampa no se entiende si describir ciertos detalles del asunto.

Antes de la boda se pacta en el estudio una cantidad de fotos y cuando a uno le hablan de doscientas le parece una barbaridad, claro está. Cincuenta, que es el mínimo, siempre parecen pocas. Cien parece un número adecuado, hasta quizá un poco excesivo y por eso suele ser el elegido. Se paga un potosí por cada fotografía extra, pero en el momento de firmar jamás se piensa que se llegará a ese extremo. ¿Por qué? Plantean el asunto de una forma falaz: el cliente cree estar contratando la cantidad de fotos de su álbum pero, en realidad, está pagando por un determinado número de fotos o carretes que el profesional realiza con la cámara. Ellos cuentan con que siempre se cogen fotografías de más precisamente porque la gran mayoría de las fotografías son de buena calidad: unas se añaden por el ángulo, otras por las personas que aparecen en ellas, etc… El precio final suele ser infinitamente mayor que si uno hubiera contratado doscientas desde el principio y entonces, solo entonces, comprendes que te están atracando descaradamente en tu propia casa. Al haber un contrato de por medio, no hay alternativa: si quieres las fotos, debes pagar por ellas una cantidad abusiva o pedirles que se marchen por donde han venido. Digámoslo de una vez por todas, secuestran los recuerdos de tu evento y te obligan a pagar el rescate en ese momento porque saben que accederás a pagar si deseas tener fotografías que testimonien el acontecimiento, muletas para tu débil memoria.

Permítaseme una breve digresión en este punto, puesto que es necesario aportar una perspectiva de género para terminar de arrojar luz sobre este aspecto de la cuestión en particular. El hecho es que, estadísticamente, la mayor parte de las mujeres son muy susceptibles a acceder a esta clase de chantaje en un momento como ese. Por muy tópico que sea, lo cierto es que casi todas quieren verse vestidas de blanco y el día de la boda estaban demasiados ocupadas con su protagonismo como para verse. Eso es algo que hacen después, mediante las fotografías, el vídeo, etc… De tal manera que, en un plano simbólico, se les está dando a elegir entre ver realizada su ilusión o frustrada cuando aún están paladeando el banquete del día anterior. Los varones, por lo común menos atraídos por esa clase de cosas, observan impertérritos el atraco y desean expulsar a patadas de su nueva casa a esos fenicios de la cámara, corriendo el subsiguiente riesgo de darle un disgusto monumental a su mujer. Así pues, ellos se enfrentan a una cuestión muy diferente: ¿qué marido en su sano juicio quiere comenzar su vida marital dándole un disgusto de esa envergadura a su mujer?

Situaciones como esta hacen que el resentimiento presupuestado se convierta en hostilidad total (IVA incluido) hacia este gremio profesional. De hecho, para comprender plenamente este factor odio debemos añadir una última perspectiva a este análisis. Uno de los principales enemigos de los reporteros gráficos de eventos, sino el peor, ha sido el intrusismo profesional. Alentados por los beneficios derivados de las nuevas tecnologías, muchos aficionados –los más aventajados, digamos- se introdujeron en el mercado, copándolo y dando mal nombre a los que llevaban trabajando ya muchos años en el negocio a causa de sus trabajos mediocres. Así sucede que, con mayor frecuencia de la deseable, uno paga grandes sumas de dinero por reportajes que ni mucho menos lo valen. De modo que, si a los recelos que gran parte de la sociedad tiene frente a este gremio, le sumamos la mala fama, obtenemos lo que se está convirtiendo en la situación predominante: cuando los usuarios se han encontrado a su disposición con los medios que les han posibilitado prescindir de sus servicios, lo han hecho. Tantos desencuentros entre profesionales y usuarios en fechas tan señaladas… solo podían terminar en divorcio.

Estos son, en definitiva, los factores que a mí me ha parecido ver en la paulatina desaparición del gremio profesional de los reporteros gráficos de eventos. Con este breve ensayo no he pretendido agotar el análisis de las causas, ni mucho menos, pero sí esbozar estas líneas que me parece dibujan con claridad el  panorama general en que se encuentran esta particular clase de fotógrafos. Y como los filósofos tenemos tendencia a meternos en los asuntos, a veces mucho más allá de donde realmente comprendemos, no puedo evitar pensar hacia dónde debería orientarse una apología adecuada del valor que tiene su trabajo. Creo que deberían lavar la imagen de mercachifles de tres al cuarto con la que acarrean y defenderse del intrusismo con su mejor arma: la profesionalidad. Por último, todos sabemos que el trabajo bien hecho cuesta dinero, pero hoy en día a nadie se le escapa cuan baratos son los costes o lo relativamente manejables que son determinados programas y eso debería llevarles a replantearse si –como contrapartida- no estarán sobredimensionando el valor de su tarea.

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Comments
One Response to “Consideraciones sobre la fotografía”
  1. Mª Fe dice:

    Sólo quiero darte las gracias por regalarme, de nuevo, tantas y tan buenas lecturas. Hace mucho tiempo que mi vida profesional me distanció de muchas cosas y una de ellas fue de esta. Puedo poner a la vorágine laboral (y personal) en la que me vi inmersa como excusa, pero no sería justo hacerlo. Dejémoslo pues, en que simplemente (vaya… "simplemente") me alejé de ellas. Ahora que las aguas han vuelto a su cauce me alegra contemplar que hay pequeñas cosas que siguen exactamente donde estaban, con esto no me refiero a mi pasión por Hegel, que por supuesto también, si no a la completa y triste certeza de que, por bien que te pueda llegar a tratar la vida, querido amigo, siempre estarás poco valorado.

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